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viernes, 11 de abril de 2014

Deformaciones: Zaire (1974)

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La participación de Zaire en el Mundial de 1974 quedó marcada en la memoria de todos los futboleros por una serie de hechos muy particulares. En principio por ser el primer seleccionado africano subsahariano en clasificar a una Copa del Mundo y segundo por lo triste que fue su actuación en este certamen, que incluyó escenas dantescas.

Pero los leopardos no llegaron ahí de casualidad. El resurgir del fútbol zaireño empezó una década atrás, a mediados de los 60’s, cuando el dictador Joseph Mobutu –basado en el modelo ghanés- encontró en el deporte la forma de incrementar su popularidad. De esta forma, permitió la profesionalización de jugadores y dejó que regresaran varios de los que se habían ido para jugar en países menos enquilombados como Bélgica.

El plan de Mobutu Sese Seko, como se hizo llamar un puñado de años más tarde, era bastante ambicioso y fue más allá: contrató a un técnico extranjero. La cosa iba en serio y los títulos a nivel continental empezaron a llegar. Por eso no muchos se sorprendieron cuando, antes de la obtención de la copa africana de 1974, los muchachos del ex arquero yugoslavo Blagoje Vidinic se aseguraron un lugar en el Mundial de Alemania.

En las eliminatorias, Zaire había dejado en el camino a Togo y Camerún y en la fase final se cruzó con Zambia y Marruecos, que tampoco ofrecieron demasiada resistencia ante el poderío zaireño. Los leopardos, cómodos, terminaron con puntaje ideal.

Ya en territorio europeo, nadie esperaba demasiado de los africanos, que pese al rápido avance del fútbol en esa región estaba a años luz incluso de las selecciones más flojas. Para colmo, el sorteo los mandó a un grupo bien complicado: Brasil, Yugoslavia y Escocia.

En el debut en Dortmund, ante Escocia, Zaire cayó 2 a 0. A pesar del resultado adverso, y de haber sido partícipe necesario en uno de los tantos, el arquero Muamba Kazadi fue una de las figuras del encuentro, se bancó el peloteo europeo como un duque y salvó su valla de una verdadera masacre.

Las cosas comenzaron a ponerse (todavía) más oscuras antes del segundo match, contra Yugoslavia, cuando un asesor del gobierno que viajó con el plantel les avisó que no iban a cobrar la plata que les habían prometido por disputar el Mundial. Los morochos llegaron a pensar en no presentarse, pero finalmente decidieron salir a la cancha sin muchas ganas. Se comieron ¡nueve! "Podríamos haber caído por 20, habíamos perdido nuestra moral", comentó después N'Daye, una de las estrellas de aquel equipo.

En ese partido estalló una polémica en torno al arquero Kazadi, que se fue reemplazado tras el tercer gol yugoslavo. No fueron pocos los que pensaron que se trataba de una maniobra del técnico Vidinic para beneficiar a su país de origen. Encima, en la jugada posterior al cambio, Yugoslavia clavó el cuarto. En realidad, Vidinic recibió instrucciones de los dirigentes zaireños que estaban en Alemania para sacarlo en ese instante. Obviamente, nunca se atrevió a pedir explicaciones. 

Tras el 4 a 0, N’Daye se fue expulsado por patear al árbitro, aunque el que pateó al juez fue sido Ilunga Mwepu, pero viste que los negros estos son todos parecidos… (?)

"Los árbitros no nos distinguen y ni siquiera lo intentan. Ellos sólo ven nuestro color y piensan que somos todos iguales. Le dije que no fui yo el que lo golpeó. Mi compañero le dijo que había sido él, pero no quiso escucharnos. Lloré terriblemente tras aquella injusticia", exclamó N’Daye tras el encuentro.

El 0-9 no cayó muy bien entre las autoridades. Motubu prohibió el ingreso de los periodistas al hotel donde se concentraban los jugadores y envió a sus guardias a que pusieran un poco de orden. Bebote style. El mensaje fue clarito: “Si pierden por cuatro goles contra Brasil, son boleta”.

El tema es que para un equipo que no llegaba ni a casi amateur comerse cuatro contra el campeón vigente era algo bastante probable y entonces, el 22 de junio de 1974, ya eliminada y con la soga al cuello, Zaire salió a jugar contra los reyes del jogo bonito con un cagazo padre.

A los 12 minutos, Jairzinho puso el 1 a 0. Después, durante un buen rato, los sudamericanos se dedicaron a prestarse la pelotita ante la mirada nerviosa de los morochos. A los 66’, Rivelino marcó el 2 a 0. Y el tercero, a través de Valdomiro, no tardó mucho en llegar.



Cuando faltaban solamente cinco minutos para el final, el árbitro pitó un tiro libre para Brasil en el borde del área. Rivelino la acomodó y todos se alborotaron. No les alcanzaban las religiones para rezar y pedir que esa pelota se fuera a cualquier lado, pegara en el palo, se estrellara en la barrera o, en el peor de los casos, terminara muerta en las manos del arquero después de controlarla en dos tiempos.

Apenas escuchó el silbatazo, Mwepu enloqueció, corrió desencajado y mandó el balón a la mierda, ganándose la tarjeta amarilla. Lo que en ese momento para la prensa mundial fue tomado como una muestra gratis del salvajismo africano y una completa ignorancia del reglamento del fútbol, no se trataba de otra cosa que un intento desesperado por salvar su vida y la de sus compañeros.

Y sirvió, porque después de la ejecución, los leopardos pudieron mantener la valla en -3. Tras el Mundial, la generación dorada de Zaire regresó a su país, donde convivieron para siempre con el olvido y la indiferencia.
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