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miércoles, 22 de mayo de 2013

Estadios: un baldosero en el Azteca

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Si hay un estadio que todos tenemos presente en nuestras retinas a la hora de pensar en un Mundial, es la Bombonera papá, la más grande del mundo el Azteca

Hace dos años, y como no se nos ocurre nada nuevo a propósito del cuatrigésimo quinto aniversario de este mítico lugar, un amigo del diario Excélsior (México) me pidió unas palabras como aficionado sobre mis impresiones al pisarlo. Se publicó un extracto de éstas:

La primera vez que pisé el Azteca fue en 1999. Habíamos llegado con un amigo al DF hacía un par de días y conocer el Estadio donde nos consagramos campeones del mundo trece años antes era el punto obligado de una ciudad en la que caímos sin tener referencia alguna o paquete turístico comprado. El mismo estadio en el que Diego Maradona dejó de ser un mortal para el imaginario argentino.



Bajamos del tren ligero y ahí estaba la Mole de cemento. Las visitas guiadas no existían, por lo tanto las chances de ingresar se reducían a cero. Nos acercamos a uno de los portones, ya que había un pequeño grupo de personas apostadas en la puerta. Estaban remodelando el Estadio debido a la pronta visita de Juan Pablo II ese mismo mes.
Pero el guardia no escapaba a los vicios latinos como el cometero de Havelange. Hicimos una vaquita con todos los presentes y entramos.
La visita fue detenernos en una de las plateas, al costado del campo de juego. Quedé absorto de la inmensidad. Lo primero que recuerdo buscar fue el bloque de parlantes ubicados circularmente sobre el centro del Estadio. Ese que hacía una sombra con forma de estrella en los partidos del Mundial 86, tan presente en nuestras retinas.
El fanatismo futbolístico que poseemos nos llevó a fotografiar los arcos (sí, los arcos, vacíos y sin red) y ponernos a discutir en cuál de los dos fueron los dos goles a los ingleses y el de Burruchaga que definió el Campeonato.
Era todo historia fresca, nuestra.
Salimos felices.

La segunda de las tres visitas fue nueve años después. Esta vez no fue con un amigo, sino con mi mujer. Le expliqué toda mi fascinación, que iba a ser la de ella también, que tenía que conocerlo, que había que ir como fuera. De hecho, se fue sin conocer ese otro monstruo que es el Museo de Antropología en Chapultepec.
Pero esta vez fue distinto. Como en los grandes estadios del mundo, el Azteca también había creado un Museo y visitas guiadas para recorrerlo.



Lo encontré transformado. Moderno. No perdía su grandeza, pero esos nueve años nos habían cambiado a ambos. Quizás por la costumbre que tenemos en nuestras canchas, de que sea todo un poco más precario. Hasta los vestuarios traían foto de los jugadores.
De todas formas lo disfruté mucho. Conocí rincones que estaban negados y entramos al campo. Ahí me dí cuenta que me faltaba ver a La Bestia con gente. Porque esa inmensidad sumada a la masa alentando se iba a sentir fuerte ahí abajo.

Así fue. Mi tercer encuentro con el Gigante fue unos días después, acompañando a un amigo local y fanático americanista. Comenzaba el Clausura 2008 y las Águilas arrancaban su periplo con los Camoteros de Puebla. Nos ubicamos en una de las plateas altas. El amargo cero a cero que los jugadores ofrecieron a la afición no opacó la felicidad que tenía de cerrar mi círculo personal con el Azteca.


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