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miércoles, 8 de febrero de 2012

El mundial y yo (retrospectiva de desilusiones)

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Nunca vi a Argentina campeón del mundo. Soy el único integrante de este sueño que nunca vio a su país más allá de los cuartos de final de un mundial. Dirán las estadísticas que estoy mintiendo. Y tendrán razón. En Italia 1990, cuando Edgardo “la concha de tu madre” Codesal cobró el penal inexistente de Néstor Sensini a Jurgen Klinsmann y que Goyco no pudo atajar, yo tenía poco más de un año. A esta altura, lo más cerca de ver un penal fue el de Caseros, por ser vecino de la zona.

La concha de tu madre, Codesal. Lo gritó todo un país en 1990. El periodista Javier Aguirre lo hizo canción varios años después.

Mis primeros recuerdos mundialistas, vagos, vaguísimos, datan de Estados Unidos 1994. A saber: el gol de Maradona a Grecia y su posterior festejo diabólico, la enfermera que nos robó la ilusión, el Diez tirando “me cortaron las piernas”, el festejo de Bebeto, algunos flashes de Argentina – Rumania y Brasil – Italia. No mucho más. Lo cierto es que un nene de cinco años está más preocupado por aprender a sumar dos más dos que por ver un torneo de fútbol.

Hola, enfermera. El Diego se va entre risas. Se lo llevan para siempre.

Para Francia 1998 ya tenía nueve y un fanatismo preocupante por el fútbol. Pocas veces vi tantos partidos de una copa del mundo como esa vez. Estaba convencido de que íbamos a ser campeones. En parte, lo fuimos cuando gracias a Lechuga Roa dejamos afuera a Inglaterra. Después nos limpió Holanda en cuartos de final y lloré por la selección por única vez.

El Mundial del '98 lo perdimos acá.

Debe ser por eso que cuando Suecia nos dejó afuera de Corea y Japón 2002 apagué el televisor y seguí durmiendo para despertarme un rato después porque había que ir al colegio. Teníamos quizás el mejor equipo en bastante tiempo y el técnico, a priori, más capaz, pero nos volvimos en primera ronda. Y ahí la selección pasó a importarme poco y nada.

2002. Esa es la cantidad de satélites que tiró abajo el Piojo López con sus centros de mierda.

El proceso de Pekerman y la cantidad de Pekerboys (?) que habían surgido una década atrás y ahora parecían volver con fuerza me fueron enganchando de a poco. A Argentina le tocó el grupo de la muerte y lo pasó sin mayores sobresaltos. Después, se sacó de encima a México en un partidazo. Contra Alemania jugó de igual a igual y mereció más, pero se lesionó Abbondanzieri y los penales no estuvieron de nuestro lado. Otra vez afuera en cuartos de final. Otra vez la misma historia.

2006. Nos quedamos afuera y Messi lo vio desde el banco.

El equipo de Basile nunca logró interesarme y más de una vez me enteré del resultado de los partidos por los diarios o las benditas repeticiones de la madrugada. Hasta que apareció Maradona.

Y el Diego merece un posteo aparte. Y lo tendrá en algún momento, claro. Mi relación con el Gordo siempre fue rara. Lo quise, lo odié, me importó poco y nada, lo odié, dije que Pelé era más grande que él, pero desde que se salvó de la muerte en 2004 lo volví a querer. Ahí me convertí al sidieguismo. Al Dié se le perdona todo. Todo es TODO.

A Sudáfrica 2010 entramos por la ventana. El gol de Palermo contra Perú en el Monumental, debajo de la lluvia torrencial, no se repetirá en mil años. Es como el gol del Chango Cárdenas contra el Celtic de Escocia en 1967, pero en colores. Algún día lo vamos a ver y lo va a errar. La pelota se va a ir al lado del palo y entonces nos habremos quedado afuera de todo. Otra vez contra Perú, como en 1970.

Pero llegamos. Y nos tocó un grupo accesible: Nigeria, Corea del Sur y Grecia. Y Messi ya no era la promesa del fútbol mundial como cuatro años atrás. Era la figura. Y se volvió en cero. Higuaín estuvo afilado y mojó hasta Palermo. Sí, el de los tres penales errados contra Colombia en la Copa América de 1999. Y todos lloramos esa tarde. En Octavos repetimos contra México. Y en cuartos, otra vez, Alemania. Nos rompieron el culo. Nos comimos el chamuyo, la mentira de Alemania, y nos hicieron cuatro. Y chau Diego, gracias por todo.

El abrazo del alma. Palermo se rompió y volvió, se rompió y volvió, se rompió y volvió. Fue a Sudáfrica y la metió.

Para Brasil 2014 voy a llegar con 25 años. La edad justa (aunque creo que cualquiera lo es) para presenciar un Mundial desde la tribuna. Y como dice Francisco Pacho Maturana, técnico de Colombia en aquel trágico Estados Unidos 1994 (para él, para Colombia, para el fútbol), en un tema que grabó para la banda platense 107 Faunos cuando dirigía a Gimnasia y Esgrima La Plata: “Somos nenes de mamá con tiempo y locura, vamos a cumplir nuestro sueño y estamos dispuestos a todo”.
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4 comentarios:

  1. Siento alegria por saber que hay por lo menos 1 en la baldosa de mi edad(retirense viejos y dejen paso a la nueva genmeracion(?)).
    Igualmente siento una gran tristeza por la época de la Selección que me ha tocado ver.Nací en 1990 y he tenido casi el mismo recorrido que se marca en el post.Tengo esperanzas de que se revierta esto en los proximos mundiales,aunque muchas menos que las que tenia en 1998 y 2002

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  2. ¿Estaba el Turco Asad viendo como Ortega cabeceaba a Van Der Saar?

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  3. me hizo acordar a un post que hice cuando quedamos afuera de la copa américa http://reddeutopias.blogspot.com/2011/07/como-john-cusack-en-alta-fidelidad.html

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  4. francia 98 la unica vez que llore (por algo malo) por la seleccion!! que equipazo teniamos mamitaaa!!!

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